El asombroso mundo de Bernardo – César Bona

Soy fan de LEGO. Pero fan muy fan, lo que se llama un AFOL. Tengo mi propia ciudad, con sus edificios, su parque, su carril bici… Y como coleccionista de LEGO, Laura tenía los suyos propios (DUPLO en aquella época, más bien) porque los míos que no se podían tocar. Entonces llegó La Lego Película, con un final en el que acabas llorando y temblando y tu hija te dice “papá, ¿puedo coger uno de tus muñequitos?“. Y se los das todos, porque es una niña y el LEGO es un juguete. Y tú, tú recuerdas lo que es jugar.

En El asombroso mundo de Bernardo, César Bona nos dá otro guantazo de realidad. Yo por suerte para este ya estaba preparado, en parte por la historia de antes. Bernardo es un niño y, como tal, tiene una visión del mundo muy particular. Tanto, que no puede entender muchas cosas de las que pasan a su alrededor.

Bernardo sabe que pocas cosas hay mejores en el mundo que salir al jardín a pisar los charcos descalzo, así que en cuanto tiene la oportunidad coge a Calcetín, el gato, y lo saca para que disfrute tanto como él de tan magnífica actividad. Pero su hermana le abronca por ello. Y Bernardo no lo puede entender.

Poco a poco conocemos a Bernardo y su mundo, con unas ilustraciones muy majas de Òscar Julve. Un mundo en el que para “no pisar lo fregáo” sólo hay que llenar los pulmones de aire, y flotar por encima del pasillo. Aunque extrañamente luego queden unas huellas que no sabe quien ha dejado, haciendo que su padre le riña. Cosa que Bernardo tampoco puede entender.

Tantas cosas hay que Bernardo no alcanza a comprender que pierde las ganas de caminar sobre el cesped mojado descalzo, de flotar, de ayudar a su abuelo a encontrar tesoros… cosas que el encuentra fascinantes pero que sólo sirven para que los adultos se enfaden con él.

El mundo de Bernardo es el mundo de cualquier niño o niña. Un mundo de imaginación infinita donde ver lo extraordinario en las pequeñas cosas, como bien dice César Bona al final del cuento, donde tenemos un gran añadido: un taller de escritura imaginativa.

(Por supuesto, el cuento no termina con Bernardo perdiendo toda esperanza de volver a saltar sobre charcos descalzo, pero para saber qué sucede tendréis que leerlo.)

Como adultos, a veces olvidamos lo que se siente al ser niños, la creatividad desmedida, la curiosidad, ilusión e imaginación con la que contamos y perdemos en el proceso de hacernos mayores. Porque sí, incluso si vas de “padre guay” y de “si yo soy como un niño, juego con muñecos y veo dibujitos”, hemos perdido gran parte de esa capacidad de ver el mundo con los ojos de Bernardo, que aquí intenta hacernos comprender que un día fuimos nosotros los que flotamos sobre “lo fregáo”.

Y, cómo iba diciendo, al final nos encontramos con un taller para escribir un cuento con palabras al vuelo pero, esto, lo comentaremos cuando publiquemos lo que ha escrito Laura.

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El asombroso mundo de Bernardo – César Bona
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